De inyecciones y Nicos apanicados
Los personajes son Nico Di Angelo y Will Solace, de la saga "Percy Jackson y los dioses del Olimpo".
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— ¿Estás seguro de que es
necesario?
— Ajá.
— ¿Completamente seguro?
— Sí.
— ¿Seguro segurito segurote?
— Sí...
— ¿Tan seguro como para poner tu
vida en ello?
— ¡Qué sí, demonios! — Y antes de
que Nico pueda decir cualquier otra cosa para terminar de aniquilar su, de por
sí, escasa paciencia, Will sale del auto y cierra la puerta de un golpe. Rodea
el coche para llegar al lado del copiloto e intenta abrir la puerta para sacar
al menor, pero no puede.
En el interior, Nico lo mira con su
típica sonrisa gatuna que no indica nada más que satisfacción por haber cerrado
con seguro antes de que el rubio llegara. Le saca la lengua, triunfante, y Will
frunce el ceño.
— ¡Deja de comportarte como un niño
y abre la puerta! — Le grita a pesar de que varias personas que transitan por
el estacionamiento se le quedan viendo de manera rara. Poco le importa.
— ¡No quiero! — Le responde
cruzándose de brazos y, antes de que pueda soltarle algo más, un ataque de tos
lo hace encogerse en el asiento casi hasta hacerse bolita.
Will niega resignado por la
terquedad de su pareja y saca las llaves de su chaqueta. Abre sin que Nico
pueda darse cuenta y en menos de lo que éste se imagina, el mayor lo está
sujetando de brazos para sacarlo a rastras del automóvil. Apenas cae en cuenta,
empieza a patalear y a gritar para librarse del rubio quien sólo puede intentar
contener las ganas de ahorcarlo con el cinturón de seguridad.
— ¡No! ¡No quiero! ¡Suéltame!
¡Estoy bien! ¡No lo necesito! — Replica, pero la voz gangosa y la nariz roja
hacen que sea difícil creerle.
Resulta gracioso ver a un hombre de
23 años que lloriquea como uno de 5 aún antes de entrar al área de consultorios.
Irónicamente, hay niños aún más pequeños que actúan con total calma mientras
que él está en proceso de comerse todas las uñas por el pánico.
Voltea a ver a Will de manera
suplicante pero éste se hace de la vista gorda y continúa leyendo una revista
de las tantas que tiene la recepcionista.
Nico bufa y regresa la vista al
mini acuario que está en la pared frente a él. Hay pececitos dorados, tipo
ángeles, telescopios y otros que no logra reconocer, y se pone a pensar en la
suerte que tienen ellos de no enfermarse ni de tener que ir con el médico
cuando esto sucede. Gira los ojos un poco más a la derecha y la puerta junto
con el cartel que cita "Salida" parecen hacerle ojitos.
Vuelve a mirar a Will para
encontrarlo como antes, demasiado concentrado en un artículo de cocina como
para notarlo, o al menos eso cree. Cuando se decide a salir huyendo, Will lo
toma por la parte trasera del saco firmemente y le impide levantarse.
— Ni siquiera lo pienses, Nico.
Y quiere volver a replicar y
decirle cosas a ese rubio paranoico, que por una simple tos (con fiebre,
congestión y vómito, pero simple tos a fin de cuentas) ya está pensando que se
va a morir de algo. Pero no puede, su nombre dicho por la voz chillona de la
recepcionista lo interrumpe.
Mira con miedo en su dirección y
ésta intenta transmitirle algo de calma con la mirada, cosa que no sirve de
mucho.
Ahora es él quien no quiere
despegarse del asiento mientras que Will ya está de pie frente suyo esperando a
que se levante. Por última vez, intenta hacerlo cambiar de opinión viéndolo con
súplica y el labio inferior tembloroso; pero el rubio apenas y hace una seña
con la cabeza en dirección al consultorio.
Entonces maldice al mundo entero
por haber creado el helado, maldice a Will por advertirle que era mala idea
comerlo a mediados de diciembre y se maldice a él por no haberle hecho caso.
Se levanta murmurando insultos por
lo bajo y pasa de largo al mayor con enojo mal fingido hasta llegar a la puerta.
Traga duro. Toda su valentía se ha evaporado y ahora está dispuesto a dar media
vuelta y correr tan rápido como sus piernas se lo permitan, pero el rubio ya
está detrás de él sosteniéndolo de la cintura para que no pueda huir.
— Haremos esto rápido y
regresaremos a casa, ¿de acuerdo? — Le murmura y Nico, todavía pensando que es
la peor idea de todas, asiente. — Bien.
Al entrar a la habitación no hay
nada fuera de lo común. No hay gigantescos instrumentos de metal ni sangre seca
en el piso. La pintura de las paredes no está desgastada y el Doctor Choi
tampoco tiene apariencia de ser un asesino serial. Tal parece que todo ha sido
cosa de su imaginación y las películas de terror que involucran a médicos
psicóticos que vio antes de ir a la consulta.
Cuando el hombre de edad levanta la
vista les sonríe y les invita a sentarse. Con calma, le pregunta a Will qué es
lo que le sucede (porque Nico se queda viendo el sueño a ver si Hades decide llevárselo)
y éste comienza a decirle todos los síntomas que ha tenido el pelinegro en los
últimos días
Luce verdaderamente simpático, pero
aun así el menor no se fía un solo pelo de él. Sigue con la idea de que en
cualquier momento los dejara inconscientes con alguna droga rara, llamará a su
maquiavélica enfermera, ¡Y entonces les sacaran los riñones para venderlos en
el mercado negro! ¡Y botaran sus cuerpos al rio Han!
- Nico...
— ¡Quiero mis riñones dentro de mi cuerpo!
— Chilla encogiéndose en su lugar ante la mirada desconcertada de los mayores.
Cuando cae en cuenta de lo que ha dicho, el rostro se le pinta de rojo y no
sabe si es por la fiebre o la vergüenza.
— No voy a quitarle los riñones,
Nico. Sólo voy a revisar cómo están sus pulmones — «De seguro también los
quiere vender en el mercado negro» Piensa, pero no dice nada. - Ahora hágame el
favor de quitarse el saco por un momento - Pide el Doctor Choi con una risita
escapándosele de los labios, poniéndose detrás de él mientras coloca el
diafragma del estetoscopio en el lado izquierdo superior de su espalda, por
donde debe de estar su corazón. — Ahora inhale y exhale lento. — Y lo hace, más
por la mirada de advertencia que le manda Will que por querer hacerlo.
El Doctor vuelve a repetir lo mismo
un par de veces hasta que parece encontrar lo que quiere. Continua haciendo
otras pruebas como tomarle la temperatura, chequearle los oídos y luego pasa a
revisar su garganta con un palito de madera diciéndole el típico "Di 'Ah~”.
Luego, como si hubiera adivinado las
intenciones del chico de querer morderle la mano, saca aquel palito de su boca
y lo tira a un bote de basura. Vuelve a su lugar detrás del
escritorio y teclea rápidamente algo en la computadora para luego regresar su
vista a ellos.
— Bueno, el joven Di Angelo
presenta un pequeño caso de Tos ferina, algo raro por su edad pero no
imposible. Por suerte para él vino antes de que se complicara y se transformara
en neumonía o comenzara con convulsiones. — Nico tiembla al oír lo último y ve por
el rabillo del ojo a Will sonriéndole con una mirada que grita "Te lo
dije" — De momento solamente necesitará antibiótico. Eritromicina, en este
caso.
— Lo que sea que necesite está
bien, Doctor. — Le responde Will
El hombre asiente y se pone de pie
nuevamente. Camina hasta una de los armarios metálicos a su espalda y abre solamente
la puertita derecha pintada de azul claro. Justo cuando la mente paranoica de
Nico quiere volver a hacer de las suyas, el Doctor Choi cierra el armario y se
da media vuelta con una cajita blanca y pequeña que deja sobre el escritorio.
— ¿Brazo o glúteo? — Pregunta y
Nico lo mira sin entender a qué se refiere. ¿Qué las pastillas no se toman?
Will, quien ha entendido todo, se
levanta lentamente de su asiento para que el menor no se percate de lo que va a
hacer. Se coloca disimuladamente a su lado y se mantiene alerta. Entonces
ocurre la acción.
Cuando el Doctor Choi deja la
jeringa sobre el escritorio los ojos de Nico se agrandan y enseguida comienza a
gritar incoherencias que se podrían oír hasta fuera del consultorio. Se pone de
píe de un salto con la intensión de huir pero Will se le adelanta y lo jala de
las caderas para sentarlo encima de él una vez ha tomado lugar en el asiento
que ocupaba anteriormente el menor. Cuando el chico comienza a tirar patadas y
golpes, el rubio abre las piernas para rodear las ajenas a manera de candado;
mientras que con el brazo derecho apega el de Nico a su cuerpo, como
abrazándolo para que no pueda moverlo.
— ¡No quiero! ¡Esas cosas son del
diablo! ¡Will, suéltame u hoy duermes en el sofá! ¡Hablo en serio! ¡Suéltame! —
La voz se le escucha lastimera al estar congestionado y las lágrimas le
empiezan a brotar de los ojos cuando ve a Choi sacando la jeringa de su
empaque. Gira la cabeza para ver a Will y este simplemente le da besos en la
coronilla y detrás de la oreja al no saber qué más hacer.
— Te prometo que va a ser rápido —
Le dice, pero la manera desbocada en la que palpita su corazón hace que resulte
difícil creerle.
Cuando voltea de nuevo hacia el
frente el Doctor está a un lado suyo subiendo la manga de su camiseta negra.
Suelta un chillido cuando le pasa un algodoncito húmedo por la zona y enseguida
saca la jeringa ya lista de uno de los bolsillos de su bata. Mira al hombre de
forma suplicante pero éste sólo niega de manera queda.
— Duele menos de lo que parece. — Y
Nico no le cree ni una mísera palabra.
El Doctor le quita la tapa a la
jeringa y presiona el embolo para sacarle cualquier rastro de aire, haciendo
que de la aguja salgan un par de gotitas casi invisibles.
Al instante en el que acerca esa
cosa a su brazo se tensa y comienza a forcejear de nueva cuenta, impidiéndole
clavarle la jodida aguja en la piel.
— ¡Nico! ¡Estate quieto, demonios!
Tú solo estás complicando las cosas.
— ¡Que no quiero! — Lloriquea con
las mejillas rojas y mojadas por las lágrimas, sin dejar de ver la aguja
endemoniadamente cerca de él. Escucha a Will suspirar con desesperación cerca
de su cuello y lo siguiente que siente es su brazo derecho siendo liberado y
sus ojos siendo cubiertos por la mano del mayor. — ¿Q-qué haces? — Jadea
llevando la mano libre a sus ojos para intentar retirar la del mayor, pero éste
solamente refuerza el agarre.
Vuelve a sentir el algodón
pasándole por el brazo y por instinto se cubre esa parte.
— Quita la mano, cariño. — Nico
niega de manera infantil.
— N...no quiero. Me va a doler.
— Es una aguja, Nico, tiene que
doler. — Si Will está tratando de calmarlo, lo está haciendo mal. Aquello sólo
le ha hecho apretar con más fuerza la mano y fruncir sus labios. — Mas no es un
dolor insoportable, casi no lo vas a notar. Ahora quita la mano.
Y aunque los temblores no se han
detenido, ni las lágrimas le dejan de nacer de los ojos, y todavía siente como
si el corazón se le fuera a botar del pecho, se relaja. Will le da un leve apretón
a la mano que aún sujeta.
Por tercera vez siente el algodón
pasarle por la piel, pero esta vez se limita a tragar duro. Hay un pinchazo que
lo hace chillar bajito, algo cálido recorriéndole el brazo y luego... nada.
— ¿Y...ya? — A manera de respuesta,
la mano de Will deja de cubrirle los ojos y el agarre de su mano desaparece de
a poco hasta volverse inexistente.
— ¿Ves? Te dije que no sería tan
malo.
Nico no le responde. Se sorbe la
nariz y gira sobre sí mismo para darle la espalda al médico y poder ocultar el
rostro. Se siente demasiado tonto por haber hecho ese show para tan poco.
Siente a Will besarle la cabeza y
bajarle la manga pero se siente demasiado ido como para ponerle atención. Los
escucha decir un par de cosas que igual se dedica a ignorar. Sabe que están
hablando de él y muy probablemente debería de hacerles caso, pero no le
interesa para nada.
— ... muy bien. Entonces así será.
Gracias por todo, Doctor Choi.
— Cuídelo, Will. Nos vemos pronto.
Nico no lo ve, pero lo siente
asentir. El rubio entonces le da un par de palmaditas en la espalda y él se
pone de píe de manera perezosa, ya que realmente no quiere apartarse. Se coloca
su abrigo cuando Will se lo pasa y cuando mira al Doctor agacha la cabeza, avergonzado
de sus acciones pasadas.
Realiza una pequeña reverencia y
luego se coloca al lado de Will.
— Lamento todos los problemas que
cause. — El hombre niega con la mano restándole importancia a lo sucedido.
— No te preocupes, muchacho. Todos
le tememos a algo, aunque por lo general son los niños quienes le temen a una
inyección. - Dice para luego soltar una risita.
Antes de que pueda ponerse más rojo
todavía por la pena, Will lo jala del brazo hacia la salida ante la mirada
divertida del Doctor. Pasa de largo a la recepcionista y al resto de los que
aguardan su turno en la sala de espera y sale directo al estacionamiento.
— Y yo soy el que no tolera los
hospitales — Murmura Nico cuando ya está abriendo la puerta del copiloto y
entonces Will sonríe negando levemente.
— Sube al auto, llorón. — El menor
finge estar indignado por el mote, pero igual termina subiendo al auto con una
sonrisa mal disimulada.
De camino a casa, el rubio
solamente puede pensar en una cosa... en cómo hará para llevar al pelinegro de
nuevo al hospital para que le pongan la segunda de cuatro inyecciones.
Alexandra

Me pareció una historia muy cómica e interesante sobre Nico. Hasta me dieron ganas de leer el libro.
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